11/05/08
La Política Del Arte Relámpago (Primera Parte)
Si no lo cuento aquí, tal vez se pierda, la memoria se contorsiona y se cierra como ostra a ese remember. Porque eran días aciagos los que apenas alumbraban el comienzo de los ochenta, antes de las yeguas, cuando éramos tan repocos los que expresábamos el descontento en acciones culturales que produjeran algún subversivo despertar en la conciencia medio sonámbula de los chilenos atontados por las botas. Por aquí y por allá, medio camuflados, medio clandestinos, actores, pintores, poetas y otras agrupaciones, nos reuníamos en la noche a planificar actos de provocación al régimen. Así nació el Coordinador Cultural, formado por varias agrupaciones y una manga de artistas y activistas de acciones que preparábamos para fechas simbólicas que se aproximaban. Creo que era para el 11 de septiembre del 84, que como cada año amanecía controlado para reprimir cualquier indicio de protesta. Se reunían sólo los organizadores en algún lugar secreto para que no se fuera a filtrar la información; por eso, el lugar y la hora a intervenir se guardaban hasta último minuto, las indicaciones corrían únicamente de boca en boca, evitando las instrucciones escritas.
Contar esto ahora pareciera una película de la Alemania nazi, pero era así de riesgoso, y en una acción anterior había llegado la repre con el saldo de muerte, heridos y detenciones. Para ese 11 se eligió la plaza que está frente al Teatro Municipal, un lugar extremadamente peligroso por estar en pleno centro. Pero el coordinador había instalado a una cuadra un equipo médico y uno de abogados por lo que pudiera ocurrir. Nunca se sabía cuántos íbamos a llegar, pero ese día fuimos muchos los que corrimos el riesgo. Nos dimos cuenta de que éramos cerca de cien, mientras simulábamos esperar micro o caminar apresurados sin saludarnos, fingiéndonos extraños. Todo comenzaba con el cañonazo de las doce y debía ser simultáneo y rapidísimo. Cuando tronó el cañón del cerro, en la esquina del Municipal, por San Antonio, entre la multitud apareció una actriz con un globo azul (esa era la contraseña). Además iba cargada de muchos paquetes, y al cruzar la calle se le cayeron al suelo, provocando una conmoción. Y mientras la gente la ayudaba a recogerlos, aparece un vehículo que se cruza en la calle y ponen una cadena cortando el tráfico. Allí empezó la acción relámpago, todo debía durar no más de tres minutos. Era el tiempo que tardaba la repre en llegar desde el paseo Ahumada. Con reloj en mano corrían los pintores cambiando los anuncios de la ópera por carteles que aludían a la dictadura. En la esquina de Tenderini, a la estatua del momio Mekis, los poetas le pusieron unas bolsas con el signo peso y un cartel que decía: "Ahora me arranco con la plata". A mí me encargaron teñir la fuente de agua que está frente en la placita. Las bolsas de tierra roja las disimulé en una mochila floreada, y las saqué en una nube de polvo que tiré al agua, pero la tintura se aposentó en el fondo sin lograr el efecto sangriento. A mi lado, un barredor de la municipalidad miraba todo esto alucinado. Présteme la escoba, le dije arrebatándole el palo, y revolví de una vuelta el tinte rojo. Momento justo para salir soplado, ya que en el centro de la acción la gente de la danza trataba de elevar un cartel con un montón de globos que no logró subir, y al sonido de un pito tuvimos que evacuar rápido el lugar.
Ufff, qué días, qué tiempos de emergencia arriesgándonos por manifestarnos. Es extraño, pero son pocos los que recuerdan estas experiencias límite. Los detalles se han borrado en los protagonistas de esas acciones, cuando a nadie se le ocurría hacer algo en la vía pública. No fuimos tantos, quizá menos de cien, los que concurrimos ese mediodía a la movilización relámpago de arte político, con el poto a dos manos y un suspiro lacre electrizado por la emoción. (continuará) LND
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